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Soledad
por María Elena Mamarián
"... me dejaréis solo; pero no estoy solo,
porque el Padre está conmigo" (Juan 16:32)
"Me siento solo". La frase expresa un sentimiento
humano frecuente. Soledad que no sólo significa ausencia
de personas alrededor, sino una vivencia íntima,
por lo general penosa, de aislamiento emocional, de vacío
afectivo. No es un sentimiento privativo de cierto estado
civil, ni de situaciones sociales o económicas determinadas.
Es cierto que hay circunstancias de la vida que propician
la soledad, pero todos en algún momento enfrentamos
esta vivencia humana.
En su perfecta creación, Dios diseñó
a un ser humano necesitado de compañía humana:
"No es bueno que el hombre esté solo" (Génesis
2: 18). Y también necesitado de una relación
íntima con El: "Caminó Enoc con Dios"(Génesis
5:24).
A causa de la irrupción del pecado en la historia
humana, se rompe esa armonía inicial del hombre consigo
mismo, con el prójimo y con Dios. La consecuencia
es sufrimiento, siendo una de sus manifestaciones la soledad.
A pesar de todos los avances en el campo de la tecnología
y de las ciencias sociales, el hombre posmoderno no ha podido
encontrar la solución a este problema.
¿Es siempre negativa la soledad?
Hay una soledad que debemos solucionar y superar, porque
nos hace sufrir y no permite nuestra máxima expansión
humana. Es la que proviene del espíritu individualista
y competitivo de la época que nos toca vivir y de
nuestros propios egoísmos, complejos y temores.
Hay otra soledad que debemos soportar y atravesar tomados
de la mano de Dios: la que es propia de los momentos de
enfermedad, prueba y dolor, donde Dios moldea nuestro carácter
y afirma nuestro espíritu.
También hay una soledad que debemos buscar y profundizar:
es la soledad creadora, que ha inspirado a tantas personas
en el mundo para producir obras bellas y es la soledad de
la comunión íntima con Dios. Es el espacio
que necesitamos para recibir su consejo y guía, su
inspiración y corrección; es el tiempo que
necesitamos diariamente a solas con Dios para que El reproduzca
la vida de Cristo en nosotros.
Señor: Te entrego mi tiempo de soledad para que
tú lo transformes en armonía interior, en
compañerismo con mi prójimo y en mayor comunión
contigo. Amén.
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