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Una cuestión de peso
por Jorge Galli
"No os entristezcáis, ni os pese de haberme
vendido acá, porque para preservación de vida
me envió Dios delante de vosotros" (Génesis
45:5)
Hay familias que cargan con heridas del pasado: viejos
pleitos, juicios condenatorios, mentiras, infidelidades,
abandonos, patrones familiares distorsionados. Somos un
eslabón de la cadena de generaciones pasadas y muchas
veces, cargamos con "las deudas" de nuestros ancestros.
En la familia de Jacob, se había encriptado la desaparición
de uno de sus hijos, José. Por años toda la
familia vivió encubriendo una mentira, bajo el resentimiento
y la desesperanza, hasta que llegó la hora de la
verdad y todo salió a la luz. Vale más saber
una verdad, aun cuando sea difícil, vergonzosa o
trágica, que ocultarla, porque aquello que se calla,
se convierte en una herida más grave a largo plazo
o es adivinado por otros.
Los resentimientos familiares que quedan guardados por
años van trabajando por dentro, van minando toda
la persona, emocional y físicamente, hasta terminar
con una úlcera, un cáncer y la muerte.
El reencuentro con el "hijo desaparecido" está
teñido de dramatismo; en esa escena se está
jugando el futuro de una familia. Por fin José, el
hermano herido, recurre al más excelente de los remedios
para sanar las relaciones familiares dañadas: el
perdón.
El perdón entre hermanos, de padres a hijos o entre
cónyuges tiene la capacidad de desatar las coyundas
que nos paralizan y el poder de derribar los muros que nos
separan. Si no hay perdón no sólo seguirán
creciendo las raíces de amarguras sino que seguiremos
repitiendo, lo sepamos o no, acontecimientos dolorosos de
nuestros antepasados.
Oración: Señor, danos el coraje de romper
nuestros patrones familiares nocivos y así como José
perdonó a sus hermanos y demostró gran cuidado
por ellos, danos la fuerza y la sabiduría para perdonar
y cuidar al que nos ha herido.
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