|
Desilución y desengaño
por María Elena Mamarián
Señor, delante de ti están todos mis
deseos, y mi suspiro no te es oculto (Salmo 38:9)
Ilusiones, sueños, expectativas, deseos... aspiraciones
normales del alma humana. La esperanza de alcanzarlos es
el motor que nos impulsa y anima a la acción. Cuando
se logran, llenan nuestro corazón de satisfacción
y alegría. El deseo cumplido regocija el alma...
(Proverbios 13:19a).
Sin embargo, la realidad nos enfrenta a diario con la desilusión
y el desengaño. Ya sea por las consecuencias de vivir
en un mundo imperfecto que provoca sufrimiento, o porque
otras personas no satisfacen nuestras expectativas, o también
porque nosotros mismos fallamos al intentar suplir nuestras
ambiciones, no alcanzamos el placer del deseo cumplido.
También la frustración nos invade cuando nos
planteamos metas tan altas que es imposible concretarlas.
Entonces nos llenamos de culpa, tristeza, pena, descontento,
y también de ira y enojo. La esperanza que
se demora es tormento del corazón... (Proverbios
13:12a).
Ni el dinero, ni el conocimiento, ni todos los esfuerzos
y recursos humanos alcanzan para evitar la experiencia de
la frustración y el desengaño. Casi a diario
sentimos que nos han defraudado: la vida, los otros y nosotros
mismos. Hasta es posible sentir que Dios mismo se ha olvidado
de nosotros y de nuestros anhelos más íntimos.
Volvemos a la verdad cuando recordamos que no podemos confiar
en que otras personas o nosotros mismos seamos capaces de
satisfacer completamente nuestros deseos. Mejor es
confiar en Jehová que confiar en el hombre
(Salmo 118:8). El nos hizo, conoce nuestras necesidades
íntimas y está dispuesto a suplirlas de acuerdo
a Su voluntad y para nuestro bien.
Podemos, entonces, cantar con paz y seguridad:
En ti confía mi corazón, en ti reposa mi
alma,
mi ser descansa en ti, puedo ser feliz...
Porque sé que estás obrando tu perfecta voluntad,
en mi vida estás obrando tu perfecta voluntad...
Oración: Señor, quita de mí la amargura
y el enojo por la desilusión y el desengaño
sufridos. Gracias porque tú conoces mis más
íntimos anhelos, y confío en que los realizarás
en tu voluntad. Amén.
|